Al final del cuento puedes encontrar un pequeño diccionario kaló.

 

Romi Garlochin lachi

Hace cientos de años vivía en un país muy lejano una niña gitana llamada Sinaí que vivía en una casa muy humilde, pero muy trabajadora. Su padre trabajaba vendiendo cuchillos, tenedores, cucharas, ollas y calderos por todas las casas de la ciudad y también de las montañas. Todo el mundo apreciaba la buena calidad de todo lo que vendía y también valoraban mucho el esfuerzo que hacía transportando su pesada carga. Sin embargo, eran tan buenos sus cuchillos, estaban hechos con tanta dedicación que nunca se desafilaban. Eran tan resistentes que extrañas veces se rompían y eso hacía que el pobre hombre no vendiera muchos. Sin embargo, cada vez que llegaba a una casa, siempre había personas que le daban dinero a cambio de ayudar en alguna reparación de la casa. La madre de Sinaí se dedicaba a enseñar a los niños y las niñas del barrio a leer, a escribir y calcular. No solamente eso, también enseñaba a los niños a amarse y respetarse como lo hacen los buenos amigos. Les enseñaba a solucionar los problemas hablando y nunca usando la violencia. Los niños y las niñas fueran payos o gitanos la querían con locura, porque la mujer tenía garlochin lachi. El problema era que los padres de sus alumnos y alumnas no tenían dinero suficiente para pagar su trabajo de maestra. A pesar de esto, todas las familias de sus diez alumnos siempre guardaban un plato de comida para familia de Sinaí, el vecino Juan le llevaba el agua a su casa desde una lejana fuente que se encontraba a las afueras del pueblo, el zapatero les regalaba una vez al año un buen par de zapatos de cuero y su mujer la modista remendaba los rotos y descosidos de todas sus ropas. De esta manera vivía esta familia, aunque no poseían casi dinero vivían comodamente gracias a la solidaridad que se había creado en aquel pueblo. Nunca pasaron hambre y eran personas muy amadas por todos sus vecinos. Sinaí era también la niña más querida de la escuela.

Una vez vino a la escuela una niña nueva que se llamaba Soraya. Vino de muy lejos con su familia y por su aspecto no era igual a las otras niñas de la escuela. Tenía el cabello rubio, ojos azules, vestía con ropas sucias y además no sabía hablar muy bien. Aunque decía que era gitana como ellas, ellas no la creían. Nadie quería estar a su lado puesto que su olor era desagradable. La niña no se bañaba porque su padres no tenían dinero para comprar leña para calentar el agua, y la niña no podía soportar los baños de agua fría. El agua fría hacía que se le hincharan las manos y las rodillas y no soportaba el dolor que esto la provocaba. Las niñas y niños del colegio la llamaban la balichi y muchas veces se reían de ella y no la dejaban participar en sus juegos y conversaciones. A veces, cuando la maestra no miraba la pegaban patadas y empujaban. Soraya se pasaba horas jugando solita pero nunca lloraba ni se metía en problemas. Cuando alguna niña despistada se acercaba para hablar con Soraya, todas las demás niñas la llamaban la greñi y se reían de ella también. Es por eso que ninguna niña tenía el valor de hablar con Soraya.

La maestra pedía todos los días a sus alumnos que contasen un acto bondadoso y valiente que alguien había hecho hacia ellos. Un alumno contó como su mejor amigo había compartido el bocadillo con él y estaba muy contento pues ese día no había desayunado. Otra alumna explicó como una niña le había defendido cuando un chico muy grandote y muy abusón la quiso pegar. Todos los niños y niñas estaban siempre deseosos de contar las hazañas de sus valientes compañeros y compañeras. Pero cuando la profesora preguntaba a Soraya, la niña nunca respondía nada, puesto que nadie hacía nada por ella.

Un buen día Sinaí al salir de la escuela se encontró por el camino a Soraya llorando desconsolada detrás de un árbol. Como no la estaba viendo nadie, Sinaí decidió acercarse a preguntar que le pasaba a aquella niña tan rara y sucia de su colegio.

-¿Por qué lloras Soraya?. Le pregunto Sinaí.

- Lloro porque mi padre todavía no ha conseguido trabajo, y sin trabajo no tenemos leña para calentar el agua, comprar jabón y poder bañarme. Como no me baño todos los días las niñas del colegio me llaman balichi.

Soraya rompió a llorar de nuevo, y Sinaí se compadeció de sus lágrimas. Se dio cuenta que aquella niña solitaria estaba llena de tristeza y dolor. Sin embargo, si se hacía amiga de la balichi a ella la llamarían la greñí y eso no le gustaba nada. Pero pensó que podía hacer algo por la niña, y la llevo a su casa a escondidas para que se bañara con agua caliente. Después le regaló un precioso vestido que la modísta le había regalado. Soraya salió de la casa de Sinaí con una sonrisa de oreja a oreja. Estaba deseosa de volver al colegio para que las demás niñas vieran lo guapa y limpia que estaba. Al día siguiente, algunos niños y niñas se acercaron a Soraya para decirle que estaba muy guapa y muy limpia. Sin embargo, las niñas mandonas celosas de su belleza, siguieron llamándola balichi y a las que se acercaban a ella las llamaban las greñí y a causa de estos insultos, pronto Soraya, aunque estuviera limpia, nadie se acercaba a ella volviendo a quedar sola y sin amigas.

A pesar de los esfuerzos de Sinaí, Soraya seguía en la misma situación: sin amigas. Soraya iba todos los días a casa de Sinaí a bañarse, hacían juntas los deberes y también jugaban durante largos ratos después del baño. Soraya era una niña muy pobre, pero de garlochin lachi, y en agradecimiento a su amiga le hacía todos los días un collar de flores que encontraba de camino a su casa. Todo el mundo preguntaba a Sinaí quien hacía aquellos collares tan preciosos, pero Sinaí no desvelaba el nombre de la creadora de collares por miedo a que la llamaran greñi. Sin embargo, un día su madre, que lo sabía todo, se acercó y le dijo que debería de ser una romi ternés y contar a toda la clase quién le hacía aquellos lindísimos collares. Así que un día, se armó de valor y sin importarle lo que las otras niñas pensaran dijo a toda la clase:

- Ya se que a muchas de vosotras os encantaría saber quien me hace estos collares tan bonitos. Os voy a decir que esa persona es mi mejor amiga. Yo la cuido y ella me cuida. Por eso yo no tengo vergüenza de decir que es Soraya, la que vosotras llamáis balichi.

Toda la clase, quedó en silencio. Nadie se atrevía a decir nada delante de la profesora. De repente, la niña mandona dijo en bajito “La greñi y la balichi son amigas!”. Después, las amigas de la mandona comenzaron a reírse a carcajadas, pero las amigas de Sinaí quedaron calladas, pues Sinaí era una niña con garlochin lachi que ayudaba a todo el mundo y no querían hacerla daño. La maestra no entendió nada, preguntó por qué se reían, pero nadie dijo nada por miedo a que la mandona les llamara chotas. Más tarde, cuando salieron al patio, Sinaí tomó de la mano a Soraya y marchó orgullosa de lo que había hecho. Las dos amigas comenzaron a jugar juntas en todos los recreos y se lo pasaban tan bien que muchas otras niñas se fueron acercando a jugar con ellas. Decidieron poner un nombre a su grupo: Los Garlochin ternés. Poco a poco, las amigas de Sinaí perdieron el miedo y se fueron acercando. Entonces el grupo de los Garlochin ternés se hizo cada vez más grande y más grande. El único requisito para entrar dentro del grupo era ser valiente, tener un garlochin ternés. Valientes eran las personas que trataban bien, jugaban sin hacer trampas, los que no mentían, los que no pegaban, ni insultaban. Al principio dudaron si podían entrar los payos en el grupo. Pero decidieron que tanto payos como gitanos podían tomar parte en el grupo siempre que fueran ternés.

Pasó el tiempo y las mandonas se fueron quedando fuera del grupo y con menos amigos. Un día un miembro de Garlochin ternés perdío su pelóta y la mandona que lo vio, con malas intenciones, le dijo que la balichi se lo había robado. El niño lleno de rabia no reflexionó lo que hacía y fue directo a donde Soraya con cara de ira dispuesto a pegarla. Sinaí se dio cuenta enseguida de las intenciones del niño y entonces llamó rápidamente a todo el grupo de Garlochin ternés y se colocaron veloces delante del niño. Le dijeron: “No vamos a permitir que pegues a nuestra amiga, si te atreves a pegarla no jugaremos contigo, ni seremos tus amigos, y tendrás que dejar el grupo de los Garlochin ternés”.

El niño comenzó a reflexionar y se puso a llorar explicándoles que había perdido la pelota. Entonces una niña señaló a lo lejos mostrando que la pelota estaba perdida en una esquina del parque, y el niño se dió cuenta de que la mandona lo había engañado. Pidió ertipen, y prometió que antes de enfadarse con nadie, hablaría con las personas hasta encontrar una solución.

Todos quedaron tan felices que lo celebraron a lo grande asando una ternera para toda la escuela. La mandona viendo que quedaba sola y sin amigos, quedo fuera de la escuela sin saber que hacer para solucionar todo lo que había hecho hasta entonces. En ese momento, viendo unas preciosas flores que habían salido al borde del camino, las trenzó con unas hierbas frescas y confeccionó un collar de flores tan bonito como pudo para mostrar su arrepentimiento. Cada trenza que hacía le caía una lágrima recordando todas las veces que insulto a Soraya. Entró en la escuela con la cabeza agachada, muerta de la vergüenza se puso delante de Soraya, le colocó en el cuello el precioso collar de flores y le dijo: “Mi collar no es tan bonito como los que haces tú, pero yo te lo he hecho con mi corazón para pedirte ertipen”.

Todos y todas rodearon a las dos niñas y fundiéndose en el abrazo más sincero que jamás nadie haya visto prometieron ser amigas y amigos para siempre y defenderse sin violencia.

 

Traducción de kaló a castellano (Aulex y Francisco Quindalé)

Romi – Gitana.

Garlochin – Corazón.

Buena - Lachi

Balichi – Marrana o sucia.

Greñi – Burra

Ertipen – Perdón.

Terné – Valiente.

Chota – Chivata/o

 

 

Autor:Gontzal Uriarte. Creative Commons-CC-BY

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar